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lunes, 30 de julio de 2012

La interpretación vívida, o porqué no me gustó "Chico y Rita"

"Preferimos caricaturas a fotografías (de figuras internacionales) simplemente porque buscamos una interpretación más vívida (gráfica, intensa)." - Editorial del Vanity Fair, Enero de 1933.

Esta fue una de las máximas del Vanity Fair y mientras la usó le fue bien: poco después, las revistas comenzaron a sustituir las impactantes ilustraciones a todo color por pobres fotos en blanco y negro. Algo parecido, una interpretación vívida, busco ya al ver una película de animación: me gustaría que la animación aportase algo que no se conseguiría en imagen real, que la animación no sea una excusa para atraer público.



Y eso es lo que me ha parecido Chico & Rita (2010), un reclamo en animación para una música excelente (tanto en la elegida como en la creada ex profeso para el film), con una historia regular y mil veces vista. Su director, Fernando Trueba, suele saber lo que hace (aunque todo lo que he visto de él me parezca más que sobrevalorado), y aunque reconozco su experiencia y mano en el tema musical, creo que la técnica y la estética se le han quedado muy grandes. Quizás yo esperaba la verba cubana de Massaguer, que al fin y al cabo era muy rico y muy blanco, pero me encontré con una exaltación interracial (totalmente lógica y deseable) y ¿transfolcklórica? (me refiero al final del film, y seguramente, sí, me he inventado el término).

No es mi creencia desaforada en que todo tiempo pasado mejor, pero creo que seguramente Mariscal no estuvo a la altura. La deliberada simplificación de las formas, que lejos de ser algo desmerecedor (comprueben si no mis apetencias por grandes señores como Miguel Covarrubias, Marius de Zayas o para que vean que esto no es una exaltación hispana, Ralph Barton o Al Hirschfeld), lleva aquí a una inexpresividad terrible, lo que aunada al horror vacui de los fondos escenográficos (muy ricos y casi fotográficos) me produce la sensación de estar en una de esas inconexas (visualmente hablando) aventuras gráficas de principios de los 90, particularmente incómoda por la multiplicidad de escenarios (alarde innecesario y mal llevado, en mi opinión). Con la excepción de una escena (que no consigo recortar, me refiero al sueño de Chico en el viaje de Nueva York), creo que no se aprovechan en absoluto los recursos que ofrece la animación. Mariscal es un diseñador, un artista en general, pero desde luego no es un gran dibujante ni animador: esto no es La Negra Tomasa (cuyo video de Compay Segundo produjo Trueba y diseñó Mariscal, vamos), sino un largometraje de hora y media que pretende ser una especie de Casablanca in black y sin censuras.

A su favor, tengo que decir estética, estáticamente, tampoco desmerece tanto, y el trabajo en la reconstrucción de La Habana pre-castrista (en gran parte desaparecida) es loable, mientras que los tipos y figuras sí responden a la estética del momento (véanse, por ejemplo, la revista Carteles). Que a mí me recuerden a la obra tardía de Covarrubias debe ser más bien obsesión.




Muy posiblemente, el excelente tratamiento musical de la película sea su mayor baza, con curiosos cameos como el de Freddy King Cole haciendo de su mucho más famoso hermano, o los del final de la película (del que si les hablo les estropeo al final), con guiños a cosas que al final quedan en casa (como el funeral de Chano Pozo, tan parecido al tema que realmente le dedicó Benny Moré unos años más tarde, cuando Bebo Valdés, el encargado de la música del film, ya tocaba para él).

La historia comienza en 1937, y no es un mambo o una rumba, es precisamente un bolero el el que vertebra una historia de amor y traiciones ("miente como mienten todos los boleros"*) y nos traslada a esa época de gloria de la música cubana, cuando el jazz y el bebop llegaban a la isla junto a ricos turistas americanos, y los músicos cubanos buscaban a su vez su gloria en un Estados Unidos que florecía ante, y gracias a esa invasión del arte criollo que ya mencionamos: lo afroamericano, lo hispano y lo brasileño gustaban, triunfaban y eran a menudo confundidos.





¿Hubiera sido tan célebre Chico & Rita si hubiera sido en imagen real? Probablemente no. Seguramente, hubiera sido alabada la banda sonora, incluso su leve tono de film social, que es con lo que me quedo. Les dejo unos ejemplos:

El Hotel Nacional de Cuba, país de mayoría no-blanca. Un negro podía entrar como servicio o como "acompañante".

"Yo tenía que estar en el sur con mi socio Dizzy Gillespie. ¿Pero saben por qué estoy acá? Porque allí tampoco podemos entrar en muchos lugares. Tenemos que usar la puerta de servicio en los hoteles, sentarnos en el asiento trasero de la guagua, y mear en servicios separados. Hay más hijos de puta comeñetes que en Cuba, chico." - Chano Pozo a Chico y Ramón
"Hay algunas cosas que no entiendo. La vida de un artista negro es verdaderamente fascinante. Aquí estoy, en este gran club, en este bello hotel, pero no puedo alojarme en él. Tengo que dormir en un motel fuera de la ciudad. De todas maneras, la gente me dice todo el tiempo que soy una estrella. ¿Qué pensais? ¿Qué tipo de estrella puedo ser?" - Rita, en terrible inglés, a su blanco público de Las Vegas.
Con todo esto, no quiero decir que sea una mala película, simplemente creo que les quedó demasiado grande. Espero que les guste más que a mí.

*Esto es de Joaquín Sabina en "La canción de las noches perdidas", pero no podía resistirme.

sábado, 14 de enero de 2012

Cuando el cine habla sobre cine: ¿cualquier tiempo pasado fue mejor?


Para intentar responder a esta pregunta, que parece ser el estilema (más que el dilema) que ronda estos últimos años por las cabezas de guionistas (especialmente, de televisión), literatos e incluso diseñadores de moda, y en definitiva, de cualquier programador de la cultura de masas, he elegido tres ejemplos.

Tres ejemplos, muy separados en el tiempo, que comparten una serie de rasgos: hablan sobre el mundo del cine, y aclamadas en su momento, representaron, su inusual elección estética las dotó de una condición de rara avis, a la que deben, indudablemente, su fama. Podría hablarles de muchas otras pero mi elección es clara: “El Crepúsculo de los Dioses” (1950), de Billy Wilder, “Ed Wood” (1994), de Tim Burton, y, “The Artist” (2011), de Michel Hazanavicius.



“El Crepúsculo de los Dioses”, nombre en España de Sunset Boulevard (mucho más apocalíptico que el original, y que evita la referencia real) habla, en clave de cine negro, de cómo el cine cambió radicalmente tras la llegada del sonido. No nos hablará del proceso, como hace “The Artist”, sino de sus consecuencias. De una crueldad tragicómica, me cuesta comprender cómo, y porqué, algunos actores aceptaron representarse a sí mismos, con todos sus estilemas y penurias: una gran estrella de cine mudo cuyas maneras no pudieron mantenerla en el estrellato que ella había convertido en una forma de vida, que es Gloria Swanson (aunque en la película se llame Norma Desmond), uno de los más grandes, y singulares directores de Hollywood, venido a menos (el siempre tremebundo Erich Von Stroheim), directores de películas colosales (Cecil B. de Mille, haciendo de sí mismo), y actores olvidados, que incluso en privado son de pocas palabras (Busten Keaton, también interpretándose a sí mismo, en el que posiblemente sea el cameo más desesperanzador del film). Y William Holden (que es muy correcto, pero aún no era lo suficientemente famoso como para representarse a sí mismo). El verdadero tema de la película es el drama de Norma Desmond, su nostalgia infinita y ficticia (completamente construida), un fracaso que se convierte en un vórtice y arrastra a todo su mundo hasta la perdición.



Rodada en blanco y negro bastantes años después de las grandes obras del tecnicolor, esta opción (más estética que económica) conecta, por una parte, con el tono fatalista del film (el cine negro no podía ser sino en este color, y recordemos que esta película, este tragicómico drama, comienza con una muerte), pero por otra con aquel mundo estético y cerrado, con aquella película que Norma ve una y otra vez en su propia mansión (que no es otra que “La Reina Kelly”, de Stroheim y Swanson, de Max y Norma), con aquella vampírica Salomé (porque vampírica es Norma) que interpreta hasta el final. Posiblemente, nos encontremos ante la mejor actuación de Swanson, que tan de sí misma hace (¿o no?), y sin duda, ante la más humana de Stroheim.

Tanto Sunset Boulevard como The Artist nos hablan de la fugacidad, y si se quiere, de la futilidad, de la fama, una fama que era universal y qué movía el mundo, un mundo en el que, imitando a las estrellas de cine, las mujeres se teñían el pelo hasta que se les caía, o los matrimonios se compraban camas separadas porque “era más moderno”*); quizás fuera Sunset Boulevard aquella película que quitara, ya en 1950, el brillo esplendoroso de la aureola hollywoodiense, de mundo glamuroso y perfecto, lleno de “figuras de cera”. ¿Pretende The Artist devolverle esa aureola?



The Artist consiste en las historias cruzadas de dos personas: la caída de George Valentin, posiblemente el  más famoso actor de cine mudo, y el encumbramiento de Peppy Miller, una casual y desenvuelta aspirante a actriz. Su relación será completamente opuesta a la que ya vieron en Sunset Boulevard.

Su atractivo mayor, o al menos así se nos vendió, era ser una película “íntegramente muda” (si quitara las comillas les mentiría, y si las explicase les arruinaría unas sorpresas), rodada además en blanco y negro. Ni en una cosa ni en la otra resulta un hito (recordemos “Les Triplettes de Belleville” o “El Hombre que nunca estuvo ahí” entre mi lista de favoritas), pero esta vez, la historia habla precisamente de ese mundo al que pretendían homenajear: el paso del cine mudo al sonoro, proceso de tremendas consecuencias artísticas, pero, sobre todo industriales (sobre el talkie terror, pueden leer ustedes un excelente artículo aquí**).
Pero no creo que The Artist se escude únicamente en la nostalgia: su humor, quizás, además de en el perro de Valentin, resida en los manierismos escénicos constantes, inviables en un mundo post-Stanislavsky. Precisamente, resultan hilarantes (adjetivo mucho más amble que patéticas) las “trepidantes escenas” de las películas de aventuras de Valentin (a la manera de un amanerado un Valentino, un Fairbanks Jr. E incluso (ya mucho más tardío), un Errol Flynn… ¿No creen?

En definitiva, no es un drama sobre la grandeza de ese mundo anterior, ese parnaso hollywoodiense, sino la enésima demostración de que no es oro todo lo que reluce. Justamente, todo lo contrario que hace Burton, que en una de sus obras más personales (y, a pesar de ello, ¡comedidas!), hace una oda a la mediocridad de este mundo tan adorado.

Bajo la excusa de la biografía de Ed Wood, que se hizo famoso por haber sido nombrado “el peor director de la historia”, Burton nos habla de lo peor de Hollywood, del nacimiento de la Serie B (cuyo verdadero origen, por cierto, no menciona), simbolizado en las penurias de una singular comparsa (que a pesar de lo increíble, fue totalmente real) y en su lucha diaria por conseguir financiación, para filmar unas películas. ¿Por qué no es eso lo que todo actor, director, cámara…quiere?



Ed Wood sea probablemente el antihéroe, y seguramente antiheroica sea su acción, especialmente en su paragón contaste con su adorado Orson Welles (¡el único que producía, dirigía y protagonizaba sus películas!); Ed Wood es una esperpéntica historia de perdedores, precisamente encantadora porque es real. -"¿Cómo lo consigues, Ed? ¿Cómo consigues que todos tus amigos nos bauticemos para que puedas rodar una película?"-.

Burton relata un arco de la vida de Wood, que va desde el estreno de su primera obra hasta el rodaje de su película más conocida, “Plan 9 del Espacio Exterior”, y como he adelantado, nos habla de lo más bajo de Hollywood: un director al que los productores obligan a rodar en una semana***, una obra cuya mejor crítica es que el vestuario era creíble, robo ocasional de atrezzo, un bautizo colectivo, una película sobre un transexual que se emociona mirando escaparates (en los 50) , una antigua estrella de cine a punto de suicidarse porque no tiene para pagar el alquiler (el famosísimo Bela Lugosi, al que interpreta un inmejorable Martin Landau), un protagonista luchador que apenas sabe articular frases, una estrella de la televisión que se niega a hablar en pantalla, un “casi protagonista” fallecido con una escena rodada (que es sustituido por un doble que no se le parece)…

El reparto es excelente, y comedido (hablar de comedido, contenido, en la misma frase que Tim Burton, Johnny Depp, o ¡Sarah Jessica Parker! Es prácticamente imposible), algo tremendamente necesario para que podamos creernos una historia increíble, que por gracia o por desgracia fue real. La estética (que no la técnica empleada, nada desmerecedora) que utiliza Burton es muy clara, de nuevo una clara alusión a la serie B, y, como era de esperar, en blanco y negro.

Todavía no tengo claro si Ed Wood es una comedia o un drama: el drama de los olvidados (y en este sentido, la película conecta con las otras dos), como Bela Lugosi, o como lo será después Vampira, o el drama de toda esta serie de catastróficas desdichas, que sin duda son la única razón por la que toda esta historia se hizo conocido; por otra parte, los sucesos (el robo del pulpo, los arranques de travestismo y el fetichismo por la angora de Wood, los estrenos en los que la gente golpea a los actores…) no pueden resultarme sino cómicos.

Posiblemente, Ed Wood ande lejos de cualquier crítica feroz al mundo del cine: Burton es grande por hacer que amemos a los personajes precisamente por sus debilidades. ¿Podríamos definirla, simplemente, como ingénua y optimista? Me gustará pensar que sí.

Ahora que ustedes, sin han visto estas tres faraónicas (especialmente la primera) películas, conocen el mundo de Hollywood, del Alto y del Bajo Imperio, del Antiguo y del Nuevo. ¿Con cuál se quedan? Yo no les podría decir.

*Al respecto se ha pronunciado en numerosas ocasiones Agustín Sánchez-Vidal, quien explicaba que como consecuencia del Código Hays, que prohibía que se representase a dos personas en la misma cama (aunque fueran un matrimonio, y aunque estuvieran hablando); por ello, para poder rodar conversaciones de dormitorio, los directores recurrieron a camas separadas, una para cada actor. Un guiño a la situación, bastante irónico, puede verse en la película La Corte del Faraón (1985), de José Luis García Sánchez.
**La ausencia de referencias a Cantando sobre la Lluvia, la película pionera, y definitiva, sobre el “talkie terror” es deliberada.
*** Por cierto, The Artist se rodó en un mes. Pero la era digital es diferente.

martes, 4 de octubre de 2011

¿Nunca más?

Dalí veía rinocerontes, ¿y usted? Yo vi una encantadora linterna mágica: la calidad dejaba bastante que desear, pero uno sale del espectáculo engatusado por el encanto de lo antiguo (que además tiene un cálido color dorado), convenciéndose de que no es ni más ni menos de lo que debería ser. Pero hoy en día, una linterna mágica no debería verse sino por su encanto estético nostálgico. Y a eso voy.

Da-LÍ
Ayer vi, con muchas expectativas y con muy poco tiempo libre, Midnight in Paris, como alguno ya habrá supuesto. Y me pareció una película correcta aunque superficial, sin malicia alguna, con el Woody Allen más edulcorado que he visto. Pero si hablo de ella, es porque tengo dos grandes nexos de unión con el film:
  • Yo estaba en París, de casualidad, cuando rodaban parte del film, y la verdad, fastidió bastante mis itinerarios (no podía pasear por el Sena porque resulta que estaba Owen Wilson en la orilla). 
  • Lo más importante, y la idea que vertebra todo el post: el complejo de la Edad de Oro, que afecta tanto al protagonista de la película (enésimo dopplegänger en versión guapa de Allen) como a mí.

Porque esto es lo único interesante de la película, entre tanto cameo insustancial (¿Buñ...qué? ¿T.S. quién? Brody curioso y superflua Carla Bruni). La creencia de que cualquier tiempo pasado fue mejor: más elegante (¿quién no iba a salir bien en las fotos cuando la instantánea apenas existía y el acabado en sepia era ley?), más genuíno, más puro (la falacia mayor de todo este complejo), donde todavía quedaban cosas por inventar. 

En el caso de Allen, este paraíso perdido es de los expatriados nortamericanos (porque ni en París Allen puede dejar de ser neoyorkino) y su entorno más cercano, aquellos escritores tan típicos como hoy necesarios (esa Generación Perdida que tanto les ha dado por citar en las series adolescentes de hoy en día, sin que nadie lo entienda): Hemingway, Fitzgerald, T.S. Elliot, Joyce (gravísima elipsis) y, quizás, Pound (rara avis y sin duda, mi favorito). En definitiva, el potente círculo masculino que rodeó a la Shakespeare & Co (bonito plano final, pero ni una sola mención a Sylvia Beach, o a cualquiera de las lesbianas de la Rive Gauche). 

La encantadora Sylvia Beach

Incuso Gertrude Stein aparece asexuada, sin su Alice Toklas, como mera excusa para introducir a Picasso (así el europeo también se identifica como inmigrante, así se reitera la imagen de Picasso y Modigliani como latin lovers). No hay una Natalie Barney, no hay una Janet Flanner (mi favorita entre todas aquellas mujeres), no hay una Solita Solano, y de milagro (y dejenme criticar: ¡por ser la más hetero de todas!), hay un par de segundos para Djuna Barnes. Esto si solo hablamos de escritoras americanas, claro. Parece que Allen quiso decirnos lo que ya sabíamos: que París era ayer, una mujer, y una fiesta. Y poco más.

Djuna Barnes y Solita Solano, ultramodernas y nada de flappers como juran las webs.
Pero el mundo de Allen no es definitivamente el mío (la cabra tira al monte, y aquí los montes son dos: el Montmartre de 1890-1910  y el Montparnasse de 1910-1930). Mi época dorada no es la de Buñuel (chiste malo, lo se), ni siquiera la verdadera Belle Epoque, sino ese impreciso bucle de incertidumbre que fue el descalabro de la Primera Guerra Mundial (no el conflicto sino todo lo que este implicaba), ese oscurecimiento del mundo que lo cambió todo, y jamás podré entender del todo. Y esta sombría confesión no hace sino demostrarnos que no todo tiempo pasado fue mejor, por bonito o ingenuo que pudiera ser.

De Poe a Dix vía Van Gogh, el cuervo como zeitgeist. ¿Nunca más?

Ay, ojalá fuésemos niños otra vez.




¿Pero, realmente, hubo algún tiempo pasado que fuera mejor?

martes, 19 de abril de 2011

Persépolis (2000/2007)

Posiblemente fuera Persépolis (2007) una de las últimas películas que me hiciera reflexionar y una de las que más veces he visto durante los últimos años. Basada en la honónima novela gráfica compuesta por cuatro tomos (y que si vais a comprar, por el amor de Dios, hacedlo en la edición coleccionista única, que sale a poco más que el libro individual), ambas son la obra autobiográfica de la iraní Marjane Satrapi, y han sido muy galardonadas (se quedó fuera del oscar por culpa de Ratatouille, pero ganó premios en Cannes y en los César).

A estas alturas de la película (ak ak ak, algún día dejaré de hacer chistes), la historia es bien conocida: Marjane tiene 9 años cuando estalla la Revolución Cultural iraní y tras varios años de inseguridad, y de ver como sus conocidos van cayendo uno a uno, sus occidentalizantes padres la envían a estudiar a Viena. Sus aventuras ahí no son sorprendentes: básicamente se dará cuenta de que esos jóvenes airados y subculturales con los que tanto parecía identificarse tienen bastante poco de lo que quejarse. Marjí volverá a casa, a Teherán, y perdidas todas sus libertades, su mayor aventura será el intentar recuperar una vida.
Una de las primeras páginas del primer libro, y una de mis favoritas.

Casi tan aclamada como la novela gráfica, que está desde hace un tiempo en el haber de todo cultureta de pro, le sucede exactamente lo mismo que a otro de mis clichés favoritos, el Ghost World de Daniel Clowes: creo que la película supera a la película, acortando unas historias y alargando otras, pero con una estética calcada y controlada precisamente por sus creadores. La música, las voces y el tiempo de narración hacen que algunas secuencias como esta (spoiler) me hagan incluso preferir el film.

Persépolis me gustó por sus inesperados toques de humor, por su sinceridad y realismo tan poco morbosos, y porque gracias a libros y/o película, muchos occidentales se dieron cuenta de que los países islámicos no estaban plagados únicamente de fundamentalistas. Y básicamente, porque era una historia de superación, aunque esta superación se basase en la huída (¿quién ha dicho que sea malo huir hacia delante?):
"El amor es un sentimiento convencional. He perdido algunos parientes en una revolución, he sobrevivido a una guerra, y una historia de amor casi acaba conmigo".

El dibujo, tantos en los libros como en la película, es sencillo pero elegante (y ciertamente persa y efectivo). La elección del blanco y el negro, en mi opinión, un acierto pleno (pero es que a mí esto me puede...): la simpleza del dibujo contribuye a la complejidad de la historia. La banda sonora es tan inesperada como agradable (Iron Maiden y Survivor mezclados con música tradicional persa y pianos franceses al más puro estilo Yann Tiersen).

Aquí algunos de mis momentos favoritos, tanto de los libros como de la película




Una lástima el no haber encontrado la escena en la que resume la historia de Irán en el siglo XX, ni sus conversaciones con Dios/Marx.

Aquí se pueden descargar los libros, y aquí va un trailer de la película (y no hay excusa para no verla, que según me contó mi hermana, ahora incluso se la ponen a los adolescentes en ética):

domingo, 17 de abril de 2011

Sita sings the blues (2008)

No quería convertir esto en otro blog de cine, pero a veces una tiene que hacer lo que tiene que hacer, y además hoy es domingo y un día excelente para quedarse viendo algo interesante.


Hablar de Sita sings the blues (2008), de Nina Paley, no es solo hablar de una maravillosa película, sino que me sirve para muchas otras cosas:
1. Hablar de la animación para adultos, realidad cada vez más presente, y que para nada tiene que ser soez. Ya sabéis que la animación me encanta. Y porque hay muchas maneras de hacer animación, y un momento en el que el 3D está tan de moda, me veo en la obligación de reclamar el 2D (aunque sea en flash) como forma de expresión.
2. Hablar del papel de la mujer en el cine, y más concretamente en el cine indie, sin que esto implique hablar de realizadoras de extraña nacionalidad realizando aún más extrañas películas. Porque esto es una película rara, si señor, pero Nina Paley es americana y la historia pasa en la India, lo que nos dejaría con dos cinematografías bastante mainstream ¿o no?.
3. Hablar de la complicada e injusta situación de los artistas que quieren distribuir su obra de forma gratuita. Si quereis leer detalladamente sobre la situación legal de esta película, aquí lo teneis.
4. Lo que para mí es más importante: darse cuenta de que las historias nuevas no existen, sino las formas originales de contarla. Y este es uno de los ejemplos más sorprendentes que he visto en los últimos años.



Había pocas formas de mezclar el jazz de los años 20, la animación en flash, el Ramayana y la historia de una mujer abandonada por su marido y que saliese bien. Nina Paley nos cuenta una poco ortodoxa versión de la vida de Sita, que parangona con su desastre matrimonial (un marido que se va a trabajar a la India, y que la acaba dejando sin explicación aparente), abandonada injustamente por su marido Rama. Para ello, Nina se vale de la pintura rajputa, de las sombras chinescas (¿quizás un homenaje a la siempre infravalorada Lotte Reiniger?), su propia historia (narrada con un tipo de animación completamente diferente), mucho humor y bastante imagen real, y, lo que es más sorprendente, de una serie de números musicales con música de Annette Hanshaw, una de las cantantes más populares de finales de los años 20.


Estos nos sirven para demostrar que los sentimientos son universales, y que lo que pudiera pasarle, o no, a una princesa india de hace miles de años, puede pasarle a una superventas de hace 80 años o a una realizadora independiente que trabaja con flash. O a cualquiera de nosotros. Y es que el resultado es soprendente (aquí va mi número favorito).

Personalmente, agradezco los momentos de India for dummies (la historia de Sita aquí; yo la conocía por La Princesita, una de mis películas favoritas de pequeña: lástima que la escena se vea tan mal) , porque de no tener un padre obsesionado con el Ramayana y el Mahabharata, hubiese entendido mucho menos.

Y es que, como ya os he dicho, la película es de distribución libre y está legalmente en internet. Aquí la teneis entera en un solo video, pero podeis verla en mejor calidad en videos de cada una de sus partes

Espero que os guste tanto como a mí (la habré visto 4 o 5 veces desde que salió y todavía no me cansa).

martes, 15 de febrero de 2011

Cine de Artistas I: Frida (2002)

Admitamoslo, las biografías de artistas suelen ser una mierda (y es una pena, porque anda que no hay realidades que superen cualquier ficción...). Pero a una le gustan mucho, que para eso es lo suyo. A menudo suelen perder rigor histórico a chorretones, pero como dijo Apollinaire en 1917 (cultismo al canto, que me sirve para cualquier cosa) :
Cuando el hombre quiso imitar la acción de andar, creó la rueda, que no se parece a una pierna. Del mismo modo ha creado, inconscientemente, el surrealismo… Después de todo, el escenario no se parece a la vida que representa más que una rueda a una pierna.

Es decir, que al cine vamos íbamos a ver películas, y no a que nos cuentan la verdad. Este tipo de películas tiene casi siempre algo en común (quizás se me escapen las más "recientes" y aún pendientes de visionado Seraphine, afamada por la crítica y Visión, aunque la vida de Hildegarda de Bingen me interese bien poco más allá de su sonoro nombre): suelen adentrarse en el profundo mundo interior del protagonista (que para algo uno es artista), en sus problemas amorosos/sexuales (que para uno algo es artista) y con el alcohol y/o las drogas (recalco, ¡qué para algo uno es artista!), y en defintiva, se convierten odas random a la aceptación personal (vaya, para esto no hacía falta ser artista, aunque para lo otro, tampoco). Es estos posts hablaré de mis favoritas, y la primera es indudablemente, Frida.

Veamos un poco de ficha técnica, y un trailercito (que para variar no me gusta nada, pero en inglés es todavía más hilarante)

Con un aire entre telenovela y superproducción hollywoodiense (en mi opinión, más que buscado, y que lo convierte en una de las bazas definitivas de la película, porque el melodrama biográfico de Frida también osciló entre esos extremos), llegó incluso a los Oscars (y ganó 2, el de Mejor Banda Sonora creo que muy merecido). Creo que Frida es buena por las siguientes razones:

  • Hace bella la fealdad, como se debe hacer en cine. Por muy fea que nos pongan a Salma Hayek, siempre será infinitamente más bella que Frida Kahlo (no es muy difícil); por random guy que pueda ser Alfred Molina, siempre será más bello que Diego Rivera (cosa que es también casi obligada): ¡si hasta Geoffrey Rush haciendo de Trostki está atractivo! Por no hablar de Ashley Judd o Mia Maestro, que son atractivas siempre, aunque no tengan gran parecido con quien representan.
  • Se salta fechas y acontecimientos históricos a la torera, especialmente de la juventud de Frida, y sobre su accidente, verdaderos momentos clave. Pero proporciona unas escenas cinematográficas muy muy dignas.
  • Tiene cameos inapropiados y absurdos, pero a su vez, tremendamente lógicos: reunir (bravo, Salma, que para eso produce) en un mismo film a la Hayek, Alfred Molina y Diego Luna es una especie de epítome del mexicanismo de bien, en el que solo falta Iñarritu y Gael García Bernal (recordemos que acompañan en la banda sonora y con breves cameos la viejísima Chavela Vargas, emotiva como ella sola “esa mujer no canta, llora” – me decía un amigo – y Lila Downs, que para mí es como una Frida cantando y de la que ya hablaremos en otra ocasión), de ese mexicanismo progre en el que Machete, Tarantino o Nadine Velázquez  de Me llamo Earl no podrían incurrir jamás. Ese mexicanismo bonito, florido, mariposón (anda, recursos de la obra de Frida por todas partes) y contruido detalladamente, como la propia Frida (o más bien Rivera, y este es otro asunto) habría querido, con ricos vestidos de paletos para apoyar mejor a la patria. Además, sale Antonio Banderas, ya que no puede haber film latino sin él, en uno de sus cameos más desustanciados.
        Pero el mejor y más absurdo cameo es sin duda el de Edward Norton como Rockefeller Jr., es decir, como paradigma de la americaneidad, del capitalismo y de la odiosa gringolandia. Y no podría haber elección mas acertada para el bajo público, de esos que consideran El Club de la Lucha la mejor peli de los 90 (y no diré que no lo sea, aunque no creo que lo sea) y a Norton un outsider post-romántico e incomprendido. Coincidencia maravillosa, ya que para mí también era la imagen de los white U.S.A. desde hace tiempo. Qué gran visión.
  • Hay sexo. De adolescentes, de solteros, de casados, de infieles, de tullidos, en armarios, interracial, sexo erudito, sexo comunista, sexo por todas partes. Y la verdad, rebajan bastante el asunto (la alusión a Josephine Baker podría haber sido más explícita), porque debió haber mucho más. Pero así, se puede crear un melodrama de mujer maltratada que ¡solo quería ser libre! (y no digo que no lo fuera, lo creo firmemente, pero Rivera no era el único infiel).
  • El continuo aire de superación, que hace que uno se sienta mejor consigo mismo durante toda la película (¡pero si una barra de metal le atravesó el cuerpo en dos, se pasó toda su vida con dolores, acabó perdiendo la pierna, su marido se la pegaba hasta con su hermana! Mi vida es genial), que paradójicamente acaba mal (aunque se omita milagrosamente, vemos desde la primera escena que a Frida no le queda mucho). ¿Y qué? Uno se siente bien: se sienten bien los enfermos, las mujeres maltratadas, las mujeres engañadas, la gente que tuvo un desengaño amoroso, una crisis económica…¡Y quién no la tuvo alguna vez!
  • Y, lo que es más importante, y lo que más me gustó, es que tiene una plástica especialmente FIEL a la de la obra de Frida, y como muestra un botón, aunque hay muchos más (contiene un spoiler que no será tal si alguien sabe un poquito de historia). 


La recomiendo muchísimo. Veanla, sinceramente. Yo lloré, bailé, y me sentí feliz y mejor persona. Y, eruditismos a parte, no es mal modo de iniciarse en la vida y la obra de la pintora.