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jueves, 3 de noviembre de 2011

Elegía a María Blanchard (1932), por Federico García Lorca


"Señoras y Señores:

Yo no vengo aquí, ni como crítico ni como conocedor de la obra de María Blanchard, sino como amigo de una sombra. Amigo de una dulce sombra que no he visto nunca pero que me ha hablado a través de unas bocas y de unos paisajes por donde nunca fue nube, paso furtivo o animalito asustado en un rincón. Nadie de los que me conocen pueden sospechar esta amistad mía con María Gutiérrez Cueto, porque jamás hablé de ella, y aunque iba conociendo su vida a través de relatos originales siempre volvía los ojos al otro lado, como distraído, y cantaba un poco porque no está bien que la gente sepa que un poeta es un hombre que está siempre ¡por todas las cosas! a punto de llorar. ¿Usted conocía a María Blanchard? Cuénteme...    
Uno de los primeros cuadros que yo vi en la puerta de mi adolescencia, cuando sostenía ese dramático diálogo del bozo naciente con el espejo familiar, fue un cuadro de María. Cuatro bañistas y un fauno. La energía del color puesto con la espátula, la trabazón de las materias y el desenfado de la composición me hicieron pensar en una María alta, vestida de rojo, opulenta y tiernamente cursi como una amazona. Los muchachos llevan un carnet blanco, que no abren más que a la luz de la luna, donde apuntan los nombres de las mujeres que no conocen para llevarlas a una alcoba de musgos y caracoles iluminados, siempre en lo alto de las torres. Esto lo cuenta Wedekind muy bien y toda la gran poesía lunar de Juan Ramón está llena de estas mujeres que se asoman como locas a los balcones y dan a los muchachos que se acercan a ellas una bebida amarguísima de tuétano de cicuta.

Ninfas encadenando a Sileno (1910), de Blanchard, que impresionó a Lorca.
   Cuando yo saqué mi cuartilla para apuntar el nombre de María y el nombre de su caballo me dijeron: "es jorobada". Quien ha vivido como yo y en aquella época en una ciudad tan bárbara bajo el punto de vista social como Granada, cree que las mujeres o son imposibles o son tontas. Un miedo frenético a lo sexual y un terror al "que dirán" convertían a las muchachas en autómatas paseantes, bajo las miradas de esas mamás fondonas que llevaban zapatos de hombre y unos pelitos en el lado de la barba.

   Yo había pensado con la tierna imaginación adolescente que quizá María, como era artista, no se reiría de mí por tocar al piano "latazos clásicos", o por intentar poemas, no se reiría, nada más, con esa risa repugnante que muchachas y muchachos y mamás y papás sucios tenían para la pureza y el asombro poético, hasta hace unos años, en la triste España del 98.
   Pero María se cayó por la escalera y quedó con la espalda combada expuesta al chiste, expuesta al muñeco de papel colgado de un hilo, expuesta a los billetes de lotería. ¿Quién la empujó? Desde luego la empujaron; "alguien", Dios, el demonio, alguien ansioso de contemplar a través de pobres vidrios de carne la perfección de un alma hermosa.


   María Blanchard viene de una familia fantástica. El padre un caballero montañés, la madre una señora refinada; de tanta fantasía que casi era prestidigitadora. Cuando anciana iban unos niños amigos míos a hacerle compañía y ella, tendida en su lecho, sacaba uvas, peras y gorriones de debajo de la almohada. No encontraba nunca las llaves y todos los días tenía que buscarlas y las hallaba en los sitos más raros, por debajo de las camas o dentro de la boca del perro. El padre montaba a caballo y casi siempre volvía sin él, porque el caballo se había dormido y le daba lástima el despertarlo. Organizaba grandes cacerías sin escopetas y se le borraba con frecuencia el nombre de su mujer. En esta distracción y este dejar correr el agua, María Gutiérrez se iba volviendo cada vez más pequeña, una mano le tiraba de los pies y le iba hundiendo la cabeza en su cuerpo como un tubo de "Don Nicanor que toca el tambor".


   En este tiempo que corresponde a la apoteosis final de Rubén, vi yo el único retrato de María que he visto, y era una criatura triste, no sé de quién, en la que está al lado de Diego Rivera el pintor mexicano, verdadera antítesis de María, artista sensual que ahora, mientras que ella sube al cielo, él pinta de oro y besa el ombligo terrible de Plutarco Elías Calles.


   En la época en que María vive en Madrid y cobija en su casa a todo el mundo, a un ruso, a un chino, a quien llame a la puerta, presa ya de este delicado delirio místico que ha coronado con camelias frías de Zurbarán su tránsito en París.


   La lucha de María Blanchard fue dura, áspera, pinchosa, como rama de encina, y sin embargo no fue nunca una resentida, sino todo lo contrario, dulce, piadosa, y virgen.


   Aguantaba la lluvia de risa que causaba, sin querer, su cuerpo de bufón de ópera, y la risa que causaban sus primeras exposiciones, con la misma serenidad que aquel otro gran pintor, Barradas, muerto y ángel, a quien la gente rompía sus cuadros y él contestaba con un silencio recóndito de trébol o de criatura perseguida.


   Aguantaba a sus amigos con capacidad de enfermera, al ruso que hablaba de coches de oro, o contaba esmeraldas sobre la nieve, o al gigantón Diego Rivera que creía que las personas y las cosas eran arañas que venían a comerlo, y arrojaba sus botas contra las bombillas y quebraba todos los días el espejo del lavabo.


   Aguantaba a los demás y permanecía sola, sin comunicación humana, tan sola, que tuvo que buscar su patria invisible, donde corrieran sus heridas mezcladas con todo el mundo estilizado del dolor.

La Primera Comunión (1923, réplica de una obra de 1914)


   Y a medida que avanzaba el tiempo, su alma se iba purificando y sus actos adquiriendo mayor trascendencia y responsabilidad. Su pintura llevaba el mismo camino magistral, desde el cuadro famoso de "La primera comunión" hasta sus últimos niños y maternidades, pero atormentada por una moral superior daba sus cuadros por la mitad del precio que le ofrecían, y luego ella misma componía sus zapatos con una bella humildad.

Maternidad (1925)



   La vida y pasión de Cristo fue tomando luz en su vida y, como el gran Falla, buscó en ella norma, dogma y consuelo. No con beatería, sino con obras, con grave dolor, con claridad, con inteligencia. Lo más español de María Blanchard es esta busca y captura de Cristo, Dios y varón realísimo; no al modo de la fantástica Catalina de Siena que se llega a casar con el niño Jesús y en vez de anillos se cambian corazones, sino de un modo seco, tierra pura y cal viva, sin el menor asomo de ángeles o milagro. Su cintura monstruosa no ha recibido más caricia que la de ese brazo muerto y chorreando sangre fresca, recién desclavado de la cruz.

   Ese mismo brazo fue el que, lleno de amor, la empujó por la escalera para tenerla de novia y deleite suyo, y esa misma mano la ha socorrido en el terrible parto, en que la gran paloma de su alma apenas si podía salir por su boca sumida. No cuento esto para que meditéis su verdad o su mentira, pero los mitos crean al mundo, y el mar estaría sordo sin Neptuno y las olas deben la mitad de su gracia a la invención humana de la Venus.


   Querida María Blanchard: dos puntos... dos puntos, un mundo, la almohada oscurísima donde descansa tu cabeza...
 
  La lucha del ángel y el demonio estaba expresada de manera matemática en tu cuerpo. Si los niños te vieran de espaldas exclamarían: "¡la bruja, ahí va la bruja!". Si un muchacho ve tu cabeza asomada sola en una de esas diminutas ventanas de Castilla exclamaría: "¡el hada, mirad el hada!". Bruja y hada, fuiste ejemplo respetable del llanto y claridad espiritual. Todos te elogian ahora, elogian tu obra los críticos y tu vida tus amigos. Yo quiero ser galante contigo en el doble sentido de hombre y de poeta, y quisiera decir en esta pequeña elegía, algo muy antiguo, algo, como la palabra serenata, aunque naturalmente sin ironía, ni esa frase que usan los falsos nuevos de "estar de vuelta". No. Con toda sinceridad. Te he llamado jorobada constantemente y no he dicho nada de tus hermosos ojos, que se llenaban de lágrimas, con el mismo ritmo que sube el mercurio por el termómetro, ni he hablado de tus manos magistrales. Pero hablo de tu cabellera y la elogio, y digo aquí que tenías una mata de pelo tan generosa y tan bella que quería cubrir tu cuerpo, como la palmera cubrió al niño que tú amabas en la huída a Egipto. Porque eras jorobada, ¿y qué? Los hombres entienden poco las cosas y yo te digo, María Blanchard, como amigo de tu sombra, que tú tenías la mata de pelo más hermosa que ha habido en España.*"

Federico García Lorca
discurso en el Ateneo de Madrid, 1932

*En todos los retratos que he visto, tanto fotográficos como pictóricos, Blanchard llevaba el pelo corto...quizás Lorca mantuviera una imagen mucho más joven de la pintora.


Si ustedes no conocían a esta pintora, espero que el sentido texto haya despertado su curiosidad ;)


A María Blanchard, única representante verdadera del género en la Escuela Española de París.

lunes, 17 de octubre de 2011

Breve apunte sobre las mujeres en las Academias de pintura a principios de siglo.


(Estos párrafos pertenecen a un trabajo que escribí hace año y medio sobre La Mujer en la Primera Vanguardia francesa, a un capítulo dedicado a la educación artística de las mujeres, concretamente al apartado de las academias de pintura en París. Ruego por tanto, que el texto sea entendido en este contexto, y discúlpenme el autoplagio, que completaré con links pertinentes cuando me sea posible).

En Francia, ni siquiera en el ámbito oficial, la pintura no fue jamás un asunto únicamente masculino. La Academia había acogido y reconocido (aunque siempre en categorías aparentemente menores, como los retratos o la pintura de flores) a célebres pintoras. Tal es el caso de Elizabeth Viguée-Lebrun, pintora oficial de una de las reinas más (im)populares de Francia, María Antonieta. Sin embargo, y paradójicamente, conforme Francia iba alcanzando paulatinas mejoras sociales, sus conservadores académicos se hacían cada vez más estrictos. Enfadados por los escándalos y el desprestigio que había constituido para ellos el auge de corrientes como el Realismo o el Impresionismo, a cuyos partícipes denostaron, para después acabar siendo más célebres y reconocidos que los propios academicistas, fueron cerrando poco a poco la participación de mujeres. Hay que señalar, que pocas de estas mujeres eran realmente francesas, por lo que la Academia se valió de una ingeniosa prueba de idioma en los requisitos de entrada. Sobre decir que la corrección era, extraoficialmente, mucho más severa con las mujeres que los hombres, pero sin embargo, este asunto dejó fuera a algunos de los pintores extranjeros más importantes que vivirían en París en las décadas siguientes. La medida no resultó demasiado efectiva: si bien a la Academia concurrían artistas masculinos de cualquier extracción social, las mujeres venían exclusivamente de familias pudientes, y extranjeras o no, siendo el francés (como era) la lengua de cultura, pasaban las pruebas de acceso mucho más fácilmente que los hombres. Las pruebas se fueron endureciendo hasta llegar a la prohibición total en 1897.

Autorretrato (c.1782) de Elizabeth Vigée-Lebrun
A partir de ese momento, las mujeres que quisieron dedicarse a la pintura, tuvieron que buscar alternativas, desde la educación con preceptores privados, a una serie de academias extraoficiales, mucho más liberales, en las que incluso podían copiar modelos masculinos desnudos del natural. En las últimas décadas del siglo XIX habían surgido numerosas “academias” de corte extraoficial en París. Eran espacios en los que la gente podía, de forma más o menos libre, copiar modelos del natural, o bien estar apuntado a clases de dibujo, pintura y escultura. Sobra decir que en estas academias se fomentaba la individualidad, que no se salía de ellas con ningún título (aunque el nivel de la Academie Julien hizo posible que sus alumnos pudieran optar también al Premio de Roma), y que sus profesores solían ser famosos díscolos de la Academia Oficial. Aunque este concepto de Academia no era nada nuevo (ya que las Academias libras y privadas aparecieron en el siglo XVII), tuvo especial importancia en el florecimiento de las Vanguardias. Las más importantes fueron L’Acadèmie Julian, L’Acadèmie Colarossi y L’Acadèmie Vitti, entre cuyos estudios (en ocasiones, en los demás de una academia) transitaron algunos de los pintores más célebres del siglo XX.

La Academia Vitti fue la de más reciente creación, abriendo sus puertas en 1905, dirigada por Anglada Camarasa y Kees Van Dongen. Ubicada en Montparnasse, acogió sobre todo a alumnas estadounidenses, como Louise Zaring o Ada Walter Shulz, y a españolas, entra las que destacó María Blanchard.

La Academia Colarossi fue la más afamada y abió las puertas en una fecha tan temprana como la de 1870. Fue también la primera Academia en nombrar a una profesora. Tuvo muchos alumnos* importantes, aunque también alumnas: Paula Modersohn-Becer, Emily Carr, Prudence Hewar, Romaine Brooks, Lucy Bacon, Cecilia Beaux, Clara Miller Burd, Marion Greenwood, Lila Cabot Perry, Hélène de Beauvoir, Camille Claudel, Jeanne Hébuterne, Eileen Gray, Mina Loy, Mela Muter...

En el estudio (1881), de Marie Bashkirtseff, en la que se retrata la Academia Julian

La Académie Julian funcionó desde 1867 hasta la Segunda Guerra mundial, y en ella se formaron importantes grupos como los Nabis. Aquí estudiaron importantísimos pintores**, aunque tambien pintoras: Louise Breslau, Käthe Kollwitz, Hilla de Rebay, Georgina de Albuquerque, Cecilia Beaux, Lilla Cabot Perry, Fanny Vandergrift, Beatrice Wood, Louise Bourgeois, Marguerite Jeanne Carpentier, Louis-Marie Désiré-Lucas, Madeleine Fié-Fieux, Jane Poupelet, Mélanie Quentin, Marie Bashkirtteff...


Paul Gaugin estudió aquí, pero también los estaodunidenses Charles Demuth y Lyonel Feininger, los rusos Jacques Lipchitz, Konstantin Somov y Alexander Golovin, el español Hermenegildo Anglada-Camarasa, el italiano Amedeo Modigliani, el alemán George Grosz, el japonés Seiki Kuroda, el noruego Gustav Wentzel, el rumano Reuven Rubin o el checoslovaco Alfons Mucha.
** Los alemanes Ernst Barlach, Ludwig Meidner y Emil Nolde; los rusos León Bakst y Jacques Lipchitz; los estadounidenses Louis Armand, Thomas Hart Benton, Robert Rauschenberg, Grant Wood; a los checoslovacos Alfons Mucha y a Frantiek Kupka; el belga Ferdinand Khnopff, el inglés Jacob Epstein. Y por supuesto, los franceses Pierre Bonnard, Juan Boucher, Roger Chastel, Maurice Denis, André Derain, Jean Dubuffet, Marcel Duchamp, Fernand Léger, Paul Ranson, Paul Serusier, Jacques Villon o Édouard Vuillard.


P.D. Entrada de bajísima calidad, lo se.