Como estamos en fiestas, vengo yo a ustedes a enseñarles una rareza que apareció, entre cajas de libros, por mi casa hace bien poco. Una edición facsímil (y según dice en su interior, solo se editaron y distribuyeron a los amigos, 150 ejemplares, siendo mi padre uno de esos cráneos previlegiados) de una verdadera guía del ocio nocturno en Zaragoza de 1934.
Ya que el escáner no funciona, y la luz interior con una cámara compacta y mi pulso no son buenos aliados, las fotos son infames, pero al menos se harán ustedes la idea. Solo hice fotos a un poco de cada, pero había muchas más páginas.
Foto con el blog, para que vean ustedes el tamaño real.
La portada más grande. No era barata la guía, no.
¿Y qué se podía hacer en Zaragoza, de noche, en la II República? Pues poco más que irse de putas, la verdad. Había restaurantes con reservados privados, modestas pensiones o establecimientos un poco más grandes. Los precios oscilaban entre las 3 y las 10 pesetas (pero como no tengo referencias de otras ciudades o del precio del pan, tampoco puedo decirles como estaba el mercado).
También aparecen los teléfonos de urgencia básicos, para taxis, y para viajar urgentemente a la capital
También se anuncian diversos hornos, pastelerías y restaurantes de bien, porque también hay que alimentarse en esta vida (y ojalá alguien hiciese una guía de donde comprar comida hoy, a horas intempestivas, lo agradeceríamos mucho).
Quizás sea usted francés, y requiera un traje...por la noche.
Podía ser que usted, conocedor de los males de la noche, quisiese intentar ponerles remedio: en la céntrica ORTOPEDIA (recalco), de la plaza San Roque, usted podrá comprar unas gomas.
Pero claro, con tanta alegría, lo más normal era acabar con venéreas. Esta guía les proporciona una serie de clínicas dedicadas a ello, que no se diga.
Usted podrá curar todas las enfermedades que padezca su estilográfica.
De cabarés, en cambio, se habla poco (no creo que hubiese más, que estamos en provincias). Que El Royal abriese hasta las 4 de la mañana no es moco de pavo. Pero el Dancig (sic) la Jota se ha llevado toda mi atención, maravilloso el nombre.
¿No echan en falta algo? Los cines, que los había y muchos. La guía es de lo que es, pero ...¿no le apetecería a uno más ir al cine que mandarse hacer un traje? Digo yo...
P.D. Entrada indocumentada completamente, y fotos horribles, pero con la que espero que al menos se hayan reído.
“Como los políticos parecen haber perdido la
cabeza, el ejército y los capitalistas dictan lo que se tiene que hacer. El
pueblo, representado por un burro ciego, simplemente come lo que le ponen
delante” - George Grosz, sobre su obra Eclipse de sol (1926)
Es una pena que siempre haya que explicar, lo que no podría parecer más claro. ;)
P.D. Recuerden ustedes que 1926 es el año de Los Siete Pilares de la Sabiduría de Lawrence de Arabia, del Acorazado Potenmkin de Eisenstein, del Tirano Banderas de Valle-Inclán y de la Fiesta de Hemingway. Y ahí, en algún punto medio entre todo esto, el cuadro cobra muchos más sentido, ¿verdad? No les estoy mencionando estos libros y esta película de manera casual.
Dalí veía rinocerontes, ¿y usted? Yo vi una encantadora linterna mágica: la calidad dejaba bastante que desear, pero uno sale del espectáculo engatusado por el encanto de lo antiguo (que además tiene un cálido color dorado), convenciéndose de que no es ni más ni menos de lo que debería ser. Pero hoy en día, una linterna mágica no debería verse sino por su encanto estético nostálgico. Y a eso voy.
Da-LÍ
Ayer vi, con muchas expectativas y con muy poco tiempo libre, Midnight in Paris, como alguno ya habrá supuesto. Y me pareció una película correcta aunque superficial, sin malicia alguna, con el Woody Allen más edulcorado que he visto. Pero si hablo de ella, es porque tengo dos grandes nexos de unión con el film:
Yo estaba en París, de casualidad, cuando rodaban parte del film, y la verdad, fastidió bastante mis itinerarios (no podía pasear por el Sena porque resulta que estaba Owen Wilson en la orilla).
Lo más importante, y la idea que vertebra todo el post: el complejo de la Edad de Oro, que afecta tanto al protagonista de la película (enésimo dopplegänger en versión guapa de Allen) como a mí.
Porque esto es lo único interesante de la película, entre tanto cameo insustancial (¿Buñ...qué? ¿T.S. quién? Brody curioso y superflua Carla Bruni). La creencia de que cualquier tiempo pasado fue mejor: más elegante (¿quién no iba a salir bien en las fotos cuando la instantánea apenas existía y el acabado en sepia era ley?), más genuíno, más puro (la falacia mayor de todo este complejo), donde todavía quedaban cosas por inventar.
En el caso de Allen, este paraíso perdido es de los expatriados nortamericanos (porque ni en París Allen puede dejar de ser neoyorkino) y su entorno más cercano, aquellos escritores tan típicos como hoy necesarios (esa Generación Perdida que tanto les ha dado por citar en las series adolescentes de hoy en día, sin que nadie lo entienda): Hemingway, Fitzgerald, T.S. Elliot, Joyce (gravísima elipsis) y, quizás, Pound (rara avis y sin duda, mi favorito). En definitiva, el potente círculo masculino que rodeó a la Shakespeare & Co (bonito plano final, pero ni una sola mención a Sylvia Beach, o a cualquiera de las lesbianas de la Rive Gauche).
La encantadora Sylvia Beach
Incuso Gertrude Stein aparece asexuada, sin su Alice Toklas, como mera excusa para introducir a Picasso (así el europeo también se identifica como inmigrante, así se reitera la imagen de Picasso y Modigliani como latin lovers). No hay una Natalie Barney, no hay una Janet Flanner (mi favorita entre todas aquellas mujeres), no hay una Solita Solano, y de milagro (y dejenme criticar: ¡por ser la más hetero de todas!), hay un par de segundos para Djuna Barnes. Esto si solo hablamos de escritoras americanas, claro. Parece que Allen quiso decirnos lo que ya sabíamos: que París era ayer, una mujer, y una fiesta. Y poco más.
Djuna Barnes y Solita Solano, ultramodernas y nada de flappers como juran las webs.
Pero el mundo de Allen no es definitivamente el mío (la cabra tira al monte, y aquí los montes son dos: el Montmartre de 1890-1910 y el Montparnasse de 1910-1930). Mi época dorada no es la de Buñuel (chiste malo, lo se), ni siquiera la verdadera Belle Epoque, sino ese impreciso bucle de incertidumbre que fue el descalabro de la Primera Guerra Mundial (no el conflicto sino todo lo que este implicaba), ese oscurecimiento del mundo que lo cambió todo, y jamás podré entender del todo. Y esta sombría confesión no hace sino demostrarnos que no todo tiempo pasado fue mejor, por bonito o ingenuo que pudiera ser.
De Poe a Dix vía Van Gogh, el cuervo como zeitgeist. ¿Nunca más?
Debido a la falta de tiempo, me veo obligada a postear una parte de un trabajo mucho más amplio que hice hace ya tres años. Es solo una introducción muy generalizada, y aunque hoy la veo escasísima, mi opinión no difiere demasiado. Sin embargo, he considerado necesario amenizarla con fotografías, vídeos y links, que para algo están a disposición de todos. Verán, por tanto, que mi estilo es más formal y pretendidamente objetivo que el que suelo utilizar aquí. No es gran post, pero es absolutamente necesario. Esperemos que les sirva de algo.
El cabaret, el kabarett, tal como lo
entendemos hoy en día, surgió en Berlín en 1901, como algo
comprometido pero aún discreto, apoyado por las prácticas satíricas
de revistas gráficas de vital importancia, como el Simplicissimus.
Para escapar a la censura, estos cabarets, que eran más de corte
intelectual que erótico, se establecían como clubes privados, pero
con la República de Weimar desapareció la censura.
"La agresividad debería ser una de las leyes de la música de cabaret, la que le diferencia de la música de ópera o las sinfonías. Un cabaret que no impacte, sin espíritu guerrero, es inviable. Este es el campo de batalla en el que hay que combatir con las armas incruentas de un texto incisivo y una melodía pegadiza." - Friedrich Hollaender
En las principales
ciudades alemanas, especialmente en Berlín, comenzaron a aparecer
una gran multitud de cabarets, que mezclaban la grandeza visual del
music hall francés (El Moulin Rouge, el Folies-Bergère)
con el primitivo cabaret intelectual alemán, y añadían también
elementos del internacional y popular fenómeno del café-cantante.
La gran mayoría de los cabarets más importantes del Berlín de
entreguerras estuvieron regentados por antiguos empresarios teatrales
o compositores (como Rudolf Nelson), o bien por grandes estrellas
(como Rosa Valetti, que abrió el Megalomanía, o TrudeHesterberg, que poseía el Wilde bühne, el Escenario
salvaje).
Toda buena canción
requería tres elementos cruciales: el compositor, el letrista y el
intérprete (habitualmente, la intérprete). Algunos de los
compositores más destacados fueron Friedrich Hollaender y Mischa Spoliansky, que se valieron de letras satíricas, como las de Kurt Tucholsky y Marceluss Schiffer. La intérprete más conocida del
momento es sin duda, Marlene Dietrich, pero no fue ni mucho menos la
más famosa. La delgadísima Margo Lion cantaba las parodias de la
moda y la alta sociedad que le escribía su marido Schiffer; Claire
Waldoff representaba la cara opuesta de la moneda, de estridente
pelo y voz, rotunda figura y grandes apariciones lésbicas, que con
su talante descarado y proletario encarnaba el espíritu de las
clases bajas de Berlín.
Con una atmósfera, más
íntima, y un público (algo) más abierto, los cabarets eran los
lugares ideales para los intérpretes que cantaban en un estilo de tú
a tú, que les permitía mofarse de las creencias, hábitos y la
moral de los burgueses que se sentaban en sus mesas, a menudo
atraídos por el aspecto erótico de los shows. No cabe duda
de que la interpretación era algo crucial, pero han llegado hasta
nosotros la mayoría de los grandes éxitos del Berlín de la época,
y dado que eran canciones basadas esencialmente en la letra, podemos
conocer con mayor cercanía este aspecto novedoso, insolente y
humorístico de la que fue la banda sonora de muchos.
¿De qué hablaban estas
canciones? De lo mismo que los cuadros, las obras de teatro y la
poesía, solo que lo hacían con mayor descaro. Los temas principales
fueron las modas y fobias sociales del momento, el sexo (en todas sus
variantes imaginables), y en menor medida, la política y la
nostalgia por los tiempos pasados.
El tema predilecto fue el
sexo, que se trató desde la curiosidad graciosa al cinismo
desapegado. No es que los berlineses de la época de Weimar fueran
especialmente “decadentes”, como pretendieron los nazis, pero los
años 20 sí, fueron una década en la que algunos modos de
sexualidad previamente reprimidos podían practicarse y retratarse
más abiertamente. Los años de la posguerra fueron testigos de la
moda del striptease, que parodiaba (o quizás no) Zieh dich aus,Petronella! ("¡Quítatelo, Petronella!", 1920). Interpretada por una mujer con poca ropa, el
número podía tanto satirizar los espectáculos de striptease al
mismo tiempo que capturaba parte de su erotismo. Schiffer escribió
parodias de clichés eróticos de moda como Sex-Appeal (1930)
o la figura omnipresente de la mujer fatal (Ich bien ein Vamp!, "¡Soy una vamp!", 1932, que por cierto servía también como una crítica a las figuras de moda en el momento).
Ute Lemper hizo un maravilloso disco con todas estás canciones, con una edición en alemán original y otra excelentemente traducida al inglés.
Se ridiculizaban los
modos ostentosos del amor heterosexual, pero se mostraba una mayor
simpatía por la homosexualidad, que seguía siendo ilegal. Das lila lied ("La canción lila" 1920; les incluyo un link con una versión en inglés, esta es probablemente la canción más importante de todo el post) intentaba ser una exposición a favor de los derechos
de los homosexuales, y hacía gala de una seriedad mayor que la
ración cabaretística habitual. Maskulinum – Femininum
adoptaba una visión satírica de la masculinización de las mujeres
y la feminización de los hombres. El lesbianismo se trataba de modo
más ligero: tanto Gesetzt den Fall("Asumiéndolo") como Wenn die beste Freundin ("Cuando la mejor amiga" 1928) hablaban de mujeres que dejan a sus hombres para estar
con la otra. Interpretada por primera vez por Margo Lion y Marlene
Dietrich en 1928, Wenn die beste Freundin se convirtió en el
himno no oficial de las lesbianas alemanas.
En ocasiones se combinaba
el sexo con la política: cuando Claire Waldoff (una lesbiana
reconocida) cantaba a voz en grito su hilarante Raus mit den Männern! ("¡Fuera con los hombres!" 1926), tomaba partido a favor de la liberación de la
mujer ,y, cuando Trude Hesteberg cantaba su apasionado deseo de un
conquistador macho (Mir ist heut so nach Tamerlan!, 1922, se escucha fatal pero la puesta en escena es impecable), no
solo parodiaba el cliché de las mujeres hambrientas de sexo
frustradas por los burgueses alemanes, sino que también ridiculizaba
a los conservadores que clamaban por la llegada de un Führer que
enderezara a Alemania.
En lugar de suspirar por
el pasado, la mayoría de los artistas de cabaret decidieron
sumergirse en el presente. Hay excepciones populares, como Abschied von der Boheme ("Adios a la Bohemia", 1919), en la que, vestido de Pierrot, Gustav von
Wangeheim deploraba el fin de la vida desenfada de la época anterior
a la Guerra. Sin embargo, Wir wollen alle weider kinder sein!
("¡Ojalá fuésemos niños otra vez!", 1921), que cantó Rosa Valetti, se burlaba precisamente de aquellos
que querían que volviera la época anterior, como si se hubiera
tratado de una niñez inocente.
Cuando apareció
realmente ese Führer del que hablaba Mir ist heut so nach
Tamerlan!, no se trató de cosa de risa, pese a que algunas
canciones de cabaret intentaron ridiculizarlo. Existe algo
inexpresablemente conmovedor, en la canción de Hollaender
Münchhausen (1931). Se trataba de una letanía de cómo
debería ser Alemania: sin películas militaristas, sin jueces
antisemitas, sin prohibición del aborto, sin una sola esvástica a
la vista. Pero como esta visión la exponía el Barón Münchhausen,
célebre cuentista, no se trataba más que de una mentirijilla.
Dieciséis meses más
tarde, Hitler era nombrado canciller y el sueño de la democracia
alemana se hizo añicos irremisiblemente. El cabaret de Weimar murió
con ella, y la mayoría de sus practicantes huyeron del estado nazi.
Pero sus canciones pueden resucitarse, no por nostalgia de un pasado
perdido, sino porque sus textos ingeniosos tratan de temas que puede
que fueran nuevos en su tiempo, pero que apenas han pasado de moda en
el nuestro.
P.D. Mi visión sobre el tema, era, y más o menos sigue siendo la de Peter Jelavich, al que en algún momento no puedo evitar parafrasear.
Aprovechando el estreno de la nueva
temporada de Boardwalk Empire, y que para
ello se ha grabado una nueva banda sonora (disponible aquí), voy a
hablar de una de las canciones más famosas de la historia, que para
la ocasión ha vuelto a grabar mi bien amada Regina Spektor.
My man, porque así cantó la bonita
Fanny Brice, la versión anglófona de “Mon homme”, canción
compuesta en tropel, por los letristas más prolíficos de su tiempo
(les destaco a Albert Willemetz, hombre interesante donde los haya),
para la superestrella Mistingett.
Con sombrero y jovencita, fotografiada por un viejísimo Nadar.
Picantona como pocas, y poseedora de
las primeras piernas aseguradas del mundo (en medio millón de francos de la época, nada menos), Mistingett
fue una de las mayores divas del mundo. Y es que lo tenía todo:
belleza, sombreros, y se echó un novio mucho más joven que ella,
Maurice Chevalier (que gracias a su intervención, ruegos al Rey mediante, se salvó de prisión, dato interesante), con el que cantaba y bailaba en los escenarios
mejor pagados de París.
No es que ella inventase el Music Hall, pero probablemente lo convirtió en lo que reconocemos hoy.
A lo que íbamos. Letra bastante
“sumisa” (y hoy muy criticada, que es su hombre aunque le quita
dinero y la golpea), pero resulta que era muy suavecita para una
mujer que (violetera en origen, como la canción) cantaba o cantaría que “él la había visto desnuda”, que “buscaba un millonario” o que “tenía flores de todo tipo, excepto una que no era para ti", y un tanto inmediato, porque al fin y al cabo es
una especie de manual de la buena esposa. 1916 (hasta el 20 no se graba, pero la esencia esa), nada de sufragismo,
ni flappers ni esas cosas que hoy nos gustan tanto. Corsés,
sombreros, y decencia fingida en tiempos de guerra. Tengan muy en
cuenta este último, pero ahora escuchen la canción.
¿Les suena verdad? Ahora entenderán
porqué.
Pero volvamos al concepto de decencia
bélica. La buena mujer, se queda en casa amando y respetando a su
marido, que muy posiblemente esté fornicando en un burdel allá por
la frontera, o muriendo agónicamente en las fronteras. Y por
supuesto, la buena mujer no vota, ni bebe. ¿Y qué mejor canción
para la prohibición? My Man, 1921, porFanny Brice, ex chica Ziegfield (veáse la hipocresía del tema). Éxito inmedianto, casi tanto como la original.
¿Les sigue sonando? Por supuesto.
Porque las buenas mujeres siempre hacen falta, y en España nadie
entendía nada. Así que hubo una chica, que increíblemente alguna
vez fue joven (y bastante guapa), Sara Montiel, a la que se
encomienda la tarea, sin importar que su registro fuese completamente
diferente. 1958, La Violetera (hehehe, curiosa historia que ya os contaré), España franquista. El tópico seguía sirviendo. La traducción es bastante fiel, así que si no tienen la
suerte de entender inglés o francés, esta puede servirles.
Disfruten, disfruten... que este, más que el último cuplé, fue de
los primeros. =)
P.D. Versiones hay decenas, así que busquen hasta encontrar la que más le plazca...Edith Piaf, Billie Holiday, Peggy Lee, Glee (!!!!)